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miércoles, 3 de diciembre de 2014

Sindicato de presos: el país al revés

El preso está preso porque así lo quiso, por tanto mientras esté dentro de un penal no puede comportarse del mismo modo que alguien que está afuera. Al entrar a una cárcel, al preso se le conculca el derecho a la libre circulación. Si queremos que la cárcel sea una escuela de ciudadanía (y no una de delincuentes o vividores como lo es en la actualidad), entonces no basta con conculcar ese derecho, también hay que limitar o reinterpretar otros. ¿O cómo esperan que el criminal cambie su mentalidad si sólo se lo encierra diez años y se le pide que revea su vida?

Por ello el Sindicato Único de Trabajadores Privados de la Libertad Ambulatoria (S.U.T.P.L.A) es una falta de respeto a las víctimas de los delitos. La solución para el tema del trabajo en las cárceles es simple: el preso debe trabajar obligatoriamente para que el 50% de su salario lo mantenga a él durante su encierro, y el otro 50% le sirva a su víctima como compensación por el daño que le ocasionó. 

Es decir si el preso recibe 4.400 pesos, 2.200 serían para la víctima, y los otros 2.200 para pagar su alimento, los servicios de luz, agua y gas, los elementos de higienización, el cuarto en el que duerme, el entretenimiento, etc. De ese modo un sujeto viviría en la cárcel del mismo modo en el que vivimos todas las personas que estamos fuera de ella. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

¿Cárceles argentinas o colonias de vacaciones?

Los valores invertidos

Alfredo Olmedo llamó la atención sobre algo que juzgo fundamental: los presos no van a las cárceles para estar fuera de circulación durante un tiempo, sino para cambiar su mentalidad (porque ellos mismos son responsables del cercenamiento de su libertad y de toda la estigmatización sobre si que ello genera). Sin embargo, en la Argentina de hoy, esta verdad tan elemental parece no cumplirse. ¿La razón? Según Olmedo, los presos de nuestras cárceles no sólo parecen no sentir vergüenza de su condición, sino que además se los ve orgullosos de haberse convertido en criminales. Esto, claro, es una verdadera aberración, producida por una sociedad que ha decidido invertir sus valores.

El problema de la inseguridad tiene dos etapas: la de prevención y la del castigo. De nada sirve que se llene de policías y cámaras de vigilancia al país, si cada vez que un delincuente que es detenido en plena actividad criminal es liberado a las pocas horas. Y cuando sucede el milagro mediante el cual un maleante es enviado a la cárcel, éste descubre que su estadía detrás de los muros puede resultar enteramente placentera si aprende a abusar de sus beneficios (especialmente de aquellos beneficios concernientes a las posibilidades que las cárceles les brindan a sus internos para estudiar y trabajar).

De delincuentes a becarios

De allí que la aparición de un sindicato de presos no sea asombrosa en un país como el nuestro. Avalados por la CTA oficialista, un grupo de malhechores presos armó una corporación de trabajadores para nuclear a todos aquellos que ejercen algún tipo de actividad laboral en el encierro. Estos gremialistas (recordemos que estamos hablando de asaltantes, homicidas y narcotraficantes) consiguieron, por ejemplo, que los presos ganen sueldos superiores a los de muchos maestros. Ese dinero, por supuesto, es dinero del Estado, por lo que queda en evidencia que una unión de delincuentes consiguió extraerle al tesoro público una importante suma para satisfacer sus necesidades durante su encierro –antes de la creación del sindicato, el dinero que un preso hacía trabajando lo cobraba una vez que era excarcelado.

Lo más polémico planteado por este sindicato –inventado por la nefasta influencia de La Cámpora– es que buscan que a los presos se les pague por las mismísimas actividades que hacen en la cárcel a diario, es decir quieren que les paguen por cocinarse, limpiar pisos, tender sus camas, arreglar las radios, alimentar a las mascotas, etc. De ese modo un preso, por sólo habitar en el interior de un penal, debería ser considerado un trabajador multifunción y facturar por ello. ¡Una tomadura de pelo! (Después van a querer pagarles a los presos por trabajar como custodios de la seguridad interna del recinto, haciendo al final que a las cárceles las administren los propios reos y terminen por convertirse en hoteles autogestionados, controlados por condenados que trabajan de condenados.)

Desde esta lógica perversa, se busca que el delincuente no reincida convirtiéndolo en un becario. Un sujeto que amenaza a punta de pistola a otro va a terminar teniendo una vida más fácil y despreocupada que un médico o un ingeniero: tranquilamente se podría plantear que aquel preso que agreda a otro en su condición perdería el sueldo y quedaría en libertad, lo que reduciría el nivel de conflictividad que existe entre internos en las cárceles nacionales.

La cuestión del trabajo

Es evidente a esta altura que lo que se debe discutir es la cuestión del trabajo de los presos en las prisiones y fuera de ellas. Florencia Saintout, una mujer que trabaja en la ciudad de La Plata como concejal pero vive en el interior de una nube de metano, propuso emitir una ordenanza en la que se obligue a los organismos dependientes directa o indirectamente del municipio a que habiliten un cupo del 3% para incorporar a ex-convictos a su plantel de trabajadores.

Convertirse en empleado público en la Argentina es una cuestión relativamente difícil, porque el ingreso está diseñado no para premiar el mérito sino para satisfacer influencias. Saintout, en lugar de proponer que el acceso al plantel de trabajadores del Estado se vuelva más accesible para cualquiera, propone premiar a delincuentes. Así, de prosperar su proyecto, un malandrín va a tener más oportunidades para convertirse en empleado público que un chico que se recibió en un terciario o en una universidad. ¡Una locura!

Un poco más coherente es lo que ha planteado en Salta el Diputado Provincial Emanuel Sierra, un hombre del Frente Plural. Sierra propone que los presos salteños construyan casas de maderas para paliar la crisis habitacional que el gobierno de Urtubey no se preocupa en controlar (recordemos que Sierra es miembro del mismo partido que Matías Posadas, actual interventor del Instituto Provincial de la Vivienda). El problema de esta iniciativa es que se busca que las casas sean precarias, hechas íntegramente de madera para que la gente con menos recursos tenga un techo que los cobije –hasta que una inundación, una ventisca o un incendio los ponga en la calle. La idea, por tanto, es una falta de respeto para la gente que sería beneficiaria de la obra de los presos. 

Ante estos proyectos irrealistas u oportunistas que impulsan los progresistas, es necesario revisar lo que dice Olmedo: el Diputado Nacional (MC) sostiene que una de las industrias que podrían desarrollar los presos es la de la ebanistería, para fabricar y reparar el mobiliario escolar. Creo que a un nivel social (y a un nivel simbólico) lo de Olmedo es mucho más productivo que lo de Saintout o Sierra, ya que no sólo capacita al delincuente en algo que después puede usar fuera de la cárcel, sino que además lo convierte en un elemento de prevención de la delincuencia. Y esa es la idea: la cárcel no está para beneficiar al delincuente, sino para que la sociedad se beneficie de los delincuentes que atentaron contra su paz y su orden.

martes, 30 de septiembre de 2014

Agentes del mal

El mal es la ausencia del bien. Allí donde vemos que algo malo sucede es porque lo bueno no pudo concretarse. Y lo bueno no es algo extraordinario e inalcanzable, sino todo lo contrario: es algo cotidiano y de fácil acceso. De hecho siempre es más fácil hacer el bien que hacer el mal, porque para lo primero es necesario sólo coincidir con los demás, en tanto que para lo segundo se necesita ir deliberadamente en contra de los otros.

Uno puede escoger siempre entre lo bueno y lo malo. Normalmente uno está obligado al bien, puesto que el mal suele estar castigado. Entonces hacer el mal y arriesgarse a un castigo, como hacer el bien y gozar de sus beneficios, es una decisión individual.

El problema que puede surgir en esto del bien y del mal es que arbitrariamente se decida perder la perspectiva, convirtiendo en difuso aquello que es muy claro: la división entre lo bueno y lo malo. Para que ello suceda hace falta que alguien quiera confundir las cosas.

Juan Carlos Molina, el titular de la Sedronar, manifestó que está a favor de despenalizar las drogas. O sea que busca combatir a las drogas con más drogas, a un mal con otro mal. Su argumento es algo así como que aquel que debería concurrir ante un juez por posesión de droga debe ser únicamente el que la vende –y de ese grupo, sobre todo, el perseguido debe ser sólo aquel que ocupa el rol de comerciante mayorista de estupefacientes. Todos los demás, según su punto de vista, tienen que tener derecho de intoxicarse sin que nadie los perturbe, similar a lo que sucede con el alcohol o los cigarrillos.

Como titular de la Sedronar es más que obvio que debería estar planteando que NADIE consuma drogas ilegales, ni en grandes cantidades, ni en pequeñas cantidades. Suficiente problemas tiene la salud pública y la seguridad ciudadana con la existencia del alcohol y de los cigarrillos como para sumarle el problema de la despenalización de las drogas ilegales (que permanecen ilegales porque su poder destructivo es mucho mayor que el de aquellas sustancias adictivas legales que causan el alcoholismo y el tabaquismo).

Quizás a Molina le parezca imposible ver una población sana. Eso sería como pensar que el bien es algo extraordinario e inalcanzable, justo lo contrario a lo que cree un cristiano (¿acaso Molina no fue alguna vez sacerdote católico?).

Por otro lado, junto a Molina, en la misma semana hubo otro funcionario que dio declaraciones sorprendentes (e indignantes): me refiero a Emmanuel Álvarez Agis, Viceministro de Economía, quien sostuvo que en este país no hay vagos, simplemente hay gente que no trabaja porque no existe el empleo que pueda incorporarlo a las fuerzas laborales del país. Con ello Álvarez Agis reconoció que el gobierno nacional y sus aliados provinciales y municipales poco están haciendo para contribuir a generar empleo. Es decir, el Viceministro de Economía confesó que él y sus colegas nada hacen para procurar el bien del trabajador, empujándolo a éste al desempleo y a la inutilidad.

El problema es que ni Molina ni Álvarez Agis opinan a título personal: ambos son voceros de un gobierno nacional que promueve tanto el mal de las drogas como el mal de vivir por fuera de la cultura del trabajo.

jueves, 3 de julio de 2014

Los "ET"

No, no ese ET
El año pasado el nefasto Daniel Filmus tuvo los bríos de querer convertir a la catástrofe nacional de los "ni-ni" en un motivo de orgullo. Cinismo del más puro. Ahora bien, considerando la perversidad de este sujeto, no me extrañaría oírlo condenar a esos pocos jóvenes que estudian y trabajan, los hoy raros "ET". 

Clarín produjo un artículo abordando el tema. Allí se lee que, según los últimos datos de la Encuesta Permanente de Hogares, el 10,9% de las mujeres y el 10,3% de los varones argentinos de 14 a 24 años estudian y están activos en el mundo laboral. El texto recoge testimonios de muchos jóvenes que afirman que, gracias al trabajo, se han vuelto más responsables y más despiertos (ya que deben hacer un esfuerzo extra para cumplir con sus obligaciones y no solicitar una merma de las exigencias escolares que puede afectarlos en su futuro).  

Hace treinta años atrás, ser un "ET" era lo normal. Hoy en día el gobierno ve con malos ojos la multiplicación de esta gente con cierta autonomía financiera y un criterio propio de pensamiento forjado al calor del contacto cotidiano con lo real. 

miércoles, 16 de abril de 2014

Sobre trapitos y limpiavidrios

Observo ya sin sorpresa lo irracional que se ha vuelto la política argentina. El debate porteño sobre los trapitos y limpiavidrios (debate que pronto habrá de nacionalizarse) lo prueba. 

Para exponerlo brevemente: gente del PRO quiere prohibir a trapitos y limpiavidrios penando su actividad –agravando las penas si quienes cuidan autos o lavan ventanillas son miembros de algún tipo de organización que se dedique a ello–, mientras que el kirchnerismo busca lo contrario, es decir los K quieren organizar a trapitos y limpiavidrios para legalizar su actividad.

En este asunto en particular coincido plenamente con el PRO. El trapito y el limpiavidrios no son trabajadores, son mendigos. Sin embargo la mendicidad que ejercen estos sujetos es diferente a la de otros: su pedido de “colaboración” económica incluye coerción, pues si uno se niega a pagar por lo que puede hacer una alarma o un sistema de higienización que muchos autos ya lo tienen incluido entonces uno puede sufrir el daño contra la propiedad o contra la integridad física. Con otro tipo de mendigos no sucede ello, por eso la sociedad los tolera y no discute si prohibirlos o fomentarlos. 

La propuesta kirchnerista, quizás para no sonar tan chocante, sugiere que los trapitos sean fundamentalmente los jubilados, los discapacitados o los miembros o sostenes de familias numerosas. Tal idea, que supuestamente busca beneficiar a los más débiles, termina por agraviarlos: en un país que funcione, un jubilado no tendría la necesidad de estar en la calle vigilando autos ajenos, del mismo modo que a un discapacitado se le daría un puesto en el interior de un edificio y a un sostén de familia numerosa se le facilitaría un empleo digno para que trabaje y críe a los suyos con el ejemplo de la autosuperación. Pero estamos en Argentina: aquí los trapitos y los limpiavidrios figuran, en los índices del Indec, como “trabajadores”. Vivimos, lamentablemente, entre las ruinas de la cultura del trabajo. 

lunes, 27 de enero de 2014

Buenas ideas

Clarín publicó un artículo titulado "20 ideas audaces para un país posible". En el mismo opinan varios intelectuales pero desde diversas posiciones. Así Luís Alberto Romero pide mejorar la cultura política del país, mientras que Luís Rapaport propone una serie de medidas económicas que reflotarían al país. Roberto Gargarella, por su parte, menciona una serie de tonterías que ni vale la pena comentar, y finalmente Daniel Arroyo aporta un poco de pensamiento coherente y efectivo. 

De todo lo que propone Arroyo, coincido plenamente con esto:
1 Crear el Derecho al Primer Empleo 
Nuestro país tiene 900.000 jóvenes que ni estudian ni trabajan, el objetivo es establecer una exención impositiva a las empresas que tomen jóvenes como primer empleo. Los jóvenes son el futuro si tienen presente y por eso hay que crear un mecanismo para que logren entrar al mundo laboral. 
2 Formar una Red de 20.000 tutores  
Los jóvenes excluidos no tienen problema para realizar la tarea, lo que les cuesta es sostener el ritmo, ir todos los días a trabajar 8 horas o mantenerse en la escuela. Los tutores son las personas que tienen legitimidad (una maestra, un cura, un pastor, el técnico de club de barrio, etc.) La tarea es acompañarlos en sus actividades y vincularlos con la escuela y el trabajo.
Y también con esto:
5 Sistema dual en la escuela secundaria  
Existe un abismo entre la escuela y el trabajo. De hecho, gran parte de los jóvenes desocupados tienen secundaria completa. Para achicar esa brecha, la idea es ir al sistema dual: en los últimos años un joven está en la escuela y además hace pasantías o capacitaciones específicas. Se podría incorporar educación para el trabajo, el emprendimiento y la innovación como nueva materia de la escuela. 
6 Crear una Unidad Especial de Combate a la Venta de Droga  
Es claro que aumentó la venta de droga en los barrios y que el pibe que engancha una “changuita” gana menos que el que vende droga y muchas familias se preguntan si no les es más conveniente poner una cocina de paco. Se trata de generar un esquema institucional especial (por fuera del esquema de seguridad actual) con una única función que es detectar los puntos de venta y eliminarlos. (El Gobierno nacional acaba de trasladar la lucha contra el narcotráfico de la Sedronar a la secretaría de Seguridad a cargo de Sergio Berni)

domingo, 21 de julio de 2013

El niño trabajador o la educación por las cosas

En una caminata por la ciudad de Salta, Alfredo Olmedo se topó con un niño que acompañaba a sus padres mientras vendían medias y sombreros en la vía pública. Nuestro Diputado Nacional elogió al joven, resaltando lo importante que es para cualquier persona empezar desde pequeño a comprender como funciona el mundo en el que se habita. Ese muchacho, además de compartir las tardes de sus vacaciones escolares con sus padres, está haciendo lo que Juan Bautista Alberdi denominaba “educación por las cosas”, que no es más que experimentar directamente el ámbito en donde se producen los intercambios comerciales, el lugar en donde la demanda se encuentra con al oferta, el sitio en donde las personas ponen a andar a la vida cotidiana. De esa manera el niño aprenderá que las cosas nunca son gratis, que allí donde hay un derecho hay también una obligación. 

Sin embargo no faltaron quienes, horrorizados por encontrar a alguien que se mueve a contramano del discurso hegemónico, criticaron a Olmedo. Uno de ellos fue Carlos Morello. Lo de Morello, creo yo, es demagogia. Porque Morello (al igual que muchos progresistas como él) confunde el concepto de “trabajo” con el de “explotación”. Hacer la ecuación “trabajo = explotación” es la manera más escandalosa de impedir la recuperación de la cultura del trabajo, que es, dicho sea de paso, una de las principales metas del mal denominado “progresismo”. Ningún niño (y ningún adulto) debería ser explotado, es decir nadie debería “trabajar” en prostitución, venta de drogas, mendicidad, robo o cualquier otra actividad indigna. Pero para los progresistas (y Morello es uno de ellos) la prostitución debe ser legal “para acabar con las redes de trata”, las drogas deben circular libremente “para no criminalizar a los consumidores”, las cárceles deben poner en las calles a los que atentan contra la propiedad privada “para reinsertar a los excluidos”. Es decir, la lógica del progresismo consiste es ser ilógico. Es por ello que Morello critica a Olmedo, y allí en donde hay alguien construyéndose un futuro él ve a una víctima.

Hace cincuenta años atrás uno se encontraba con muchas personas que eran analfabetas pero que mostraban una gran predisposición a esforzarse y aprender un oficio para progresar trabajando. Hoy, en cambio, se da en muchos casos la paradoja de gente que sabe leer y escribir, gente que incluso tiene un título que acredita que concluyeron los estudios de nivel medio, pero que, pese a ello, no manifiestan las actitudes necesarias para la vida laboral. Es que el trabajo, lamentablemente, ya no es percibido como un medio para el progreso personal, sino que más bien se lo entiende como una carga incómoda que perturba la vida fácil. Digámoslo claramente: ya casi no se preparan, en la escuela o en la vida familiar, personas dispuestas a enfrentar el desafío de la vida laboral.

Es por ello que resulta urgente la recuperación de la cultura del trabajo. Y hay que hacerlo desde abajo: son los más jóvenes los que más precisan ver que la recompensa por el esfuerzo es la auténtica autonomía. La responsabilidad, el orden y la higiene –hábitos que, en la actualidad, muchos consideran intrascendentes– son un producto de la cultura del trabajo que se transfiere a la vida cotidiana: hoy en día cuesta muchísimo encontrar jóvenes higiénicos, ordenados y responsables. Trabajar no es sólo un medio para pagar deudas o consumir bienes y servicios, es una manera de sentirse libre (algo que, según la opinión progresista, es una barbaridad que no tiene nombre).