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martes, 16 de septiembre de 2014

La falsificación de la realidad

Martín Risso Patrón publicó un artículo muy interesante en El Tribuno acerca de las reformas escolares que impulsa el gobierno de Scioli en la provincia de Buenos Aires. Allí se lee:
Esto de quitar referentes de logros y fracasos en la escuela como lo es mentir en ese boletín informativo periódico que es la libreta de calificaciones, es suicida, cultural y científicamente hablando. Más, si eso está movido por la obsesión de ver fantasmas discriminadores por todos lados, temiendo a madres y padres golpeadores de maestros, descontentos con "la nota" puesta a sus hijos, es una evidencia de la derrota de la Educación ante la violencia social en continuo ascenso, lo que es sustancia para otro análisis.
Yo creo que en un país en donde a una persona que nació con un sexo determinado se le adultera el DNI y la partida de nacimiento para que figure como poseedora del sexo opuesto no es raro que el gobierno ordene falsificar calificaciones. Y todo en nombre de "evitar la discriminación". Si para evitar algo hay que falsificar lo que es evidente para todos, ¿eso no significa que se está torciendo el orden natural?

A mi la discriminación no me agrada, pero entiendo que no es posible la igualdad perfecta, puesto que, por naturaleza, las personas somos diferentes. Lo ideal para conseguir la tan predicada "inclusión" es darle los medios a aquel que se siente o se encuentra fuera del promedio para que alcance a los demás. Es lo lógico. Lo otro -lo que propone el gobierno- es igualar hacia abajo, invitando al que es bueno a que no se esfuerce, porque hacerlo es de tontos faltos de picardía. 

Creo que a estas alturas lo más conveniente para el país sería que el sistema educativo se despolitice, convirtiéndose en una entidad autónoma, regida por parámetros internacionales pero administrada por gente local. 

jueves, 15 de mayo de 2014

El amor y la violencia

Entre cyber-Montoneros y los nuevos Robledo Puch

La Conferencia Episcopal Argentina, como sucede habitualmente, acertó al describir a la Argentina actual. Esta vez, el órgano que nucléa a los obispos y arzobispos del país dio en la tecla al señalar que la Argentina está enferma de violencia. El fenómeno de los linchamientos es la prueba de ello: harta ya la gente de vivir en medio de tanta agresividad física y emocional, reaccionan de la peor manera con la creencia de que han encontrado el modo de lograr la paz a través del uso la propia fuerza, ya que no parece haber nadie más intentado concretar ese objetivo. 

La violencia que se ve ahora no es como la violencia de antaño. En la década de 1970, por ejemplo, ponían bombas y asesinaban gente tras secuestrarla y torturarla en la obscuridad. Pero así como había una violencia ideologizada, también existía la violencia gratuita, cruda y banal (tal y como lo comprueba, por ejemplo, el nefasto Robledo Puch).

Hoy en día, esa violencia política ha resurgido aunque reconvertida: la guerrilla ya no es una táctica bélica sino comunicacional. Los medios masivos de comunicación y la Internet son el nuevo campo de batalla para la guerra entendida como continuidad de la política, por eso hay tanta injuria y calumnia. Y junto a ese drama del cyber-montonerismo, asistimos también a la multiplicación de los Robledo Puch, desequilibrados que no se conforman con robar sino que además golpean o asesinan a sus víctimas inermes (no tanto por el placer de hacerlo sino más bien por la inconsciencia con la que operan).

Tu quoque

¿Cómo respondieron los oficialistas ante lo que la Conferencia Episcopal Argentina señaló? Pues con violencia, como es su costumbre.

Los generales de La Cámpora acusaron a la Iglesia Católica de haber realizado golpes de Estado, el periodista Roberto Caballero le endilgó a los obispos y arzobispos estar haciendo política derechista en contra de lo recomendado por el Papa Francisco, y la Presidente Cristina Fernández de Kirchner combinó ambas sandeces para minimizar la impactante verdad que ya nadie puede negar. 

Con derechos pero sin obligaciones

¿Por qué hay tanto salvajismo en una sociedad civilizada como la nuestra? No es fácil contestar la pregunta, pero ciertamente se pueden intuir los principales motivos: si nos fijamos en quienes ejercen la violencia (y hablo del avallasamiento del otro y no de aquellos que sólo se defienden recurriendo a la fuerza) notaremos que todos tienen como común denominador a la pobreza. Pero esta pobreza no es siempre material, es –es en casi todos los casos– una pobreza espiritual.

En Argentina se habla mucho de “inclusión”, pero ¿qué significa realmente ello? Hay que ser ciego para no ver que la inclusión a la que tanto veneran los oficialistas es una mera inclusión material: a través de algún plan social se les da dinero a las personas para que accedan a las motos, los celulares, los televisores y demás bienes simbólicos a los que –exceptuando, claro, la vía del saqueo o el robo– de otra manera no podrían acceder. Y también se les da o mejor dicho se les amplía derechos. Una persona que consigue turno en un hospital después de haber hecho seis horas de cola, o un niño que va a la escuela a jugar al Nestornauta o a ensayar con una murga, o alguien que mira por la televisión un partido entre All Boys y Chacarita está siendo “incluido” según los kirchneristas. Y todo ello gratis.

Precisamente allí está el problema: la gratuidad de las cosas. Donde hay necesidades deben surgir los derechos, pero tales derechos deben estar acompañados de obligaciones, o de lo contrario nos internamos en la ilusión de un mundo sin consecuencias. La única obligación que los kirchneristas les exigen a sus “incluidos” es que voten por ellos cada vez que hay una elección o que copen las plazas cada vez que hay un acto organizado por el gobierno, pues ni a hacer el servicio militar los mandan a sus clientes.

Ocupados en llenar estómagos, los kirchneristas omiten satisfacer el hambre espiritual. En las escuelas quitan la religión y los símbolos religiosos, pero les sirven a los chicos el desayuno y el almuerzo que sus padres deberían servirles en sus casas. Como reemplazan a Dios por “Él” y “Ella”, entonces los jóvenes no interiorizan la culpa: en la cultura cristiana si yo hago mal las cosas, le estoy fallando a Dios quien me dio la libertad para que elija la virtud y rechace el vicio; en la cultura kirchnerista, en cambio, al hacer el mal a los únicos a quien les fallo son a los líderes, quienes, por suerte, no son omniscientes y por tanto no se pueden enterar (y en todo caso si va uno preso allí también están los misioneros kirchneristas trabajando incansablemente para que no se pierda la fe en el matrimonio santacruceño).

La cura 

La Conferencia Episcopal Argentina, así como ha diagnosticado la enfermedad, también ha recetado la cura para la violencia: “El vínculo de amor con Jesús vivo cura nuestra  violencia más profunda y es el camino para avanzar en la amistad social y en la cultura  del encuentro”.

En efecto, Jesús es la respuesta. De Jesús tenemos la enseñanza del amor. El amor es lo que cura a la violencia. El Estado argentino debe trabajar para educar primeramente en el amor, valor supremo como enseña la tradición occidental. Y amar no se trata de poseer al otro, se trata de responsabilizarse por el otro (entendiendo dicha responsabilidad no como el darle de comer al otro cuando tiene hambre sino el permitirle al otro que crezca y nos alimente a nosotros cuando tengamos hambre). 

martes, 11 de febrero de 2014

Los caminos que conducen a Roma

El fin de semana pasado, el diario La Nación informó que Carlos Tomada -el actual Ministro de Trabajo argentino- junto a un par de líderes sindicales y empresariales se iban a reunir en el Vaticano con el Papa Francisco, para establecer así una mesa de diálogo cuyo objetivo sería el de consensuar propuestas para garantizar la paz social en nuestro país. 

La iniciativa parecía una cosa interesante, más aún tomando en cuenta que el influyente diario afirmaba que el propio Papa había realizado la invitación. Sin embargo, al poco tiempo apareció una periodista que es amiga personal del Santo Padre diciendo que todo se trataba de una confusión, y que el mentado encuentro no estaba en la agenda vaticana. 

Hay gente que se ha desilusionado al enterarse de que el Papa Francisco al final no está involucrándose en la vida cotidiana argentina activamente, como bien lo hacía cuando era el Cardenal Jorge Bergoglio. En lo personal creo que no hace falta que el Papa Francisco convoque a una mesa de diálogo en el Vaticano para discutir los problemas argentinos: nuestros políticos y referentes socioeconómicos bien pueden fortalecer el diálogo y el acuerdo sin irse hasta Europa. Con ello, claro, no estoy proponiendo que la Iglesia Católica no se involucre, sino todo lo contrario: en el país sobran sacerdotes de espíritu "franciscano" que pueden reproducir lo que el Papa Francisco piensa sobre las cuestiones sociales y dar sabios consejos. El tema pasa, ciertamente, por cuan dispuestos están los argentinos a escuchar al Santo Padre y, sobre todo, a vivenciar su mensaje. Si cada político argentino que viaja a Roma para sacarse una foto con el Papa (y la lista es interminable y variopinta, pues incluye a Juan Carlos Romero, Juan Cabandié, Miguel Isa, Hermes Binner, Jorge Capitanich, y un largo etcétera) se compromete a obrar cristianamente, a cultivar la virtud y a experimentar el amor al prójimo, entonces Argentina podría frenar su actual desmoronamiento.