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domingo, 11 de diciembre de 2016

El olmedismo castrado

La Nación:


La idea es algo que viene promoviendo Alfredo Olmedo desde hace años. El problema de la cárcel para violadores que inventó el gobierno macrista es que ignora lo más importante de la propuesta olmedista: los presos no son castrados. 

En el actual sistema penitenciario argentino, el violador suele ser aislado. Es decir al violador se lo coloca en celdas donde pasa 22 o 23 horas diarias, evitando interactuar con los otros convictos, para que de ese modo no sea víctima de la violencia sexual. Por ello el violador suele estar fuera de los problemas internos de las prisiones, y sale antes de tiempo por mostrar una conducta ejemplar. Y luego reincide en alrededor del 50% de los casos. Supongo que los que no reinciden son aquellos que encuentran la experiencia del aislamiento como tortuosa, a los demás les da lo mismo. 

Por ello es bastante probable que, sin castración quirúrgica, Senillosa sólo será un semillero de violadores. 

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Sindicato de presos: el país al revés

El preso está preso porque así lo quiso, por tanto mientras esté dentro de un penal no puede comportarse del mismo modo que alguien que está afuera. Al entrar a una cárcel, al preso se le conculca el derecho a la libre circulación. Si queremos que la cárcel sea una escuela de ciudadanía (y no una de delincuentes o vividores como lo es en la actualidad), entonces no basta con conculcar ese derecho, también hay que limitar o reinterpretar otros. ¿O cómo esperan que el criminal cambie su mentalidad si sólo se lo encierra diez años y se le pide que revea su vida?

Por ello el Sindicato Único de Trabajadores Privados de la Libertad Ambulatoria (S.U.T.P.L.A) es una falta de respeto a las víctimas de los delitos. La solución para el tema del trabajo en las cárceles es simple: el preso debe trabajar obligatoriamente para que el 50% de su salario lo mantenga a él durante su encierro, y el otro 50% le sirva a su víctima como compensación por el daño que le ocasionó. 

Es decir si el preso recibe 4.400 pesos, 2.200 serían para la víctima, y los otros 2.200 para pagar su alimento, los servicios de luz, agua y gas, los elementos de higienización, el cuarto en el que duerme, el entretenimiento, etc. De ese modo un sujeto viviría en la cárcel del mismo modo en el que vivimos todas las personas que estamos fuera de ella. 

domingo, 9 de noviembre de 2014

¿Cárceles argentinas o colonias de vacaciones?

Los valores invertidos

Alfredo Olmedo llamó la atención sobre algo que juzgo fundamental: los presos no van a las cárceles para estar fuera de circulación durante un tiempo, sino para cambiar su mentalidad (porque ellos mismos son responsables del cercenamiento de su libertad y de toda la estigmatización sobre si que ello genera). Sin embargo, en la Argentina de hoy, esta verdad tan elemental parece no cumplirse. ¿La razón? Según Olmedo, los presos de nuestras cárceles no sólo parecen no sentir vergüenza de su condición, sino que además se los ve orgullosos de haberse convertido en criminales. Esto, claro, es una verdadera aberración, producida por una sociedad que ha decidido invertir sus valores.

El problema de la inseguridad tiene dos etapas: la de prevención y la del castigo. De nada sirve que se llene de policías y cámaras de vigilancia al país, si cada vez que un delincuente que es detenido en plena actividad criminal es liberado a las pocas horas. Y cuando sucede el milagro mediante el cual un maleante es enviado a la cárcel, éste descubre que su estadía detrás de los muros puede resultar enteramente placentera si aprende a abusar de sus beneficios (especialmente de aquellos beneficios concernientes a las posibilidades que las cárceles les brindan a sus internos para estudiar y trabajar).

De delincuentes a becarios

De allí que la aparición de un sindicato de presos no sea asombrosa en un país como el nuestro. Avalados por la CTA oficialista, un grupo de malhechores presos armó una corporación de trabajadores para nuclear a todos aquellos que ejercen algún tipo de actividad laboral en el encierro. Estos gremialistas (recordemos que estamos hablando de asaltantes, homicidas y narcotraficantes) consiguieron, por ejemplo, que los presos ganen sueldos superiores a los de muchos maestros. Ese dinero, por supuesto, es dinero del Estado, por lo que queda en evidencia que una unión de delincuentes consiguió extraerle al tesoro público una importante suma para satisfacer sus necesidades durante su encierro –antes de la creación del sindicato, el dinero que un preso hacía trabajando lo cobraba una vez que era excarcelado.

Lo más polémico planteado por este sindicato –inventado por la nefasta influencia de La Cámpora– es que buscan que a los presos se les pague por las mismísimas actividades que hacen en la cárcel a diario, es decir quieren que les paguen por cocinarse, limpiar pisos, tender sus camas, arreglar las radios, alimentar a las mascotas, etc. De ese modo un preso, por sólo habitar en el interior de un penal, debería ser considerado un trabajador multifunción y facturar por ello. ¡Una tomadura de pelo! (Después van a querer pagarles a los presos por trabajar como custodios de la seguridad interna del recinto, haciendo al final que a las cárceles las administren los propios reos y terminen por convertirse en hoteles autogestionados, controlados por condenados que trabajan de condenados.)

Desde esta lógica perversa, se busca que el delincuente no reincida convirtiéndolo en un becario. Un sujeto que amenaza a punta de pistola a otro va a terminar teniendo una vida más fácil y despreocupada que un médico o un ingeniero: tranquilamente se podría plantear que aquel preso que agreda a otro en su condición perdería el sueldo y quedaría en libertad, lo que reduciría el nivel de conflictividad que existe entre internos en las cárceles nacionales.

La cuestión del trabajo

Es evidente a esta altura que lo que se debe discutir es la cuestión del trabajo de los presos en las prisiones y fuera de ellas. Florencia Saintout, una mujer que trabaja en la ciudad de La Plata como concejal pero vive en el interior de una nube de metano, propuso emitir una ordenanza en la que se obligue a los organismos dependientes directa o indirectamente del municipio a que habiliten un cupo del 3% para incorporar a ex-convictos a su plantel de trabajadores.

Convertirse en empleado público en la Argentina es una cuestión relativamente difícil, porque el ingreso está diseñado no para premiar el mérito sino para satisfacer influencias. Saintout, en lugar de proponer que el acceso al plantel de trabajadores del Estado se vuelva más accesible para cualquiera, propone premiar a delincuentes. Así, de prosperar su proyecto, un malandrín va a tener más oportunidades para convertirse en empleado público que un chico que se recibió en un terciario o en una universidad. ¡Una locura!

Un poco más coherente es lo que ha planteado en Salta el Diputado Provincial Emanuel Sierra, un hombre del Frente Plural. Sierra propone que los presos salteños construyan casas de maderas para paliar la crisis habitacional que el gobierno de Urtubey no se preocupa en controlar (recordemos que Sierra es miembro del mismo partido que Matías Posadas, actual interventor del Instituto Provincial de la Vivienda). El problema de esta iniciativa es que se busca que las casas sean precarias, hechas íntegramente de madera para que la gente con menos recursos tenga un techo que los cobije –hasta que una inundación, una ventisca o un incendio los ponga en la calle. La idea, por tanto, es una falta de respeto para la gente que sería beneficiaria de la obra de los presos. 

Ante estos proyectos irrealistas u oportunistas que impulsan los progresistas, es necesario revisar lo que dice Olmedo: el Diputado Nacional (MC) sostiene que una de las industrias que podrían desarrollar los presos es la de la ebanistería, para fabricar y reparar el mobiliario escolar. Creo que a un nivel social (y a un nivel simbólico) lo de Olmedo es mucho más productivo que lo de Saintout o Sierra, ya que no sólo capacita al delincuente en algo que después puede usar fuera de la cárcel, sino que además lo convierte en un elemento de prevención de la delincuencia. Y esa es la idea: la cárcel no está para beneficiar al delincuente, sino para que la sociedad se beneficie de los delincuentes que atentaron contra su paz y su orden.

sábado, 1 de noviembre de 2014

Leandro Santoro, un enamorado de los delincuentes


Hace unos días Alfredo Olmedo asistió como invitado al programa Intratables de América. Mientras hablaba acerca de qué es lo que se debería de hacer con los presos en este país, lo interrumpió un tal Leandro Santoro, un militante de la UCR que tiene buenas relaciones con el gobierno kirchnerista. Él se presentó como docente universitario y comentó que trabaja en las cárceles. Afirmó que para un presidiario que ha cumplido su sentencia resulta muy difícil la reinserción social, debido a que cada vez que va a pedir trabajo en algún lugar, sus posibles empleadores normalmente lo rechazan.

Olmedo sostuvo que el preso, mientras está encerrado, debe obligatoriamente trabajar y estudiar (y no de manera optativa como sucede ahora). La idea es simple: el que va a la cárcel no lo hace para gozar de vacaciones pagas, va para cambiar su mentalidad, para comprender el valor sagrado del trabajo, para experimentar la vergüenza. Santoro juzgó que todo eso era contrario a la doctrina de los DDHH y que no había que estigmatizar a los delincuentes condenados.

La persona estigmatizada por haber sido un delincuente recibe ese castigo social por sus propios méritos. El delincuente no nació delincuente, eligió ejercer el delito. Es responsable de sus actos. La cárcel, mientras tenga reinsertadores como Santoro, no sirve. El que trabaja en la cárcel con los presos debe inculcarle los valores que el preso no tiene. Así cuando el delincuente sale a la calle y le cierran puertas por su pasado, mantendrá la frente en alto y saldrá a rebuscárselas para sobrevivir sin jamás reincidir en el delito, porque cualquier cosa es más digna para ganarse la vida que robar, amenazar y matar.

La cárcel de hoy no sirve porque es una escuela de delincuentes. Debe ser escuela de ciudadanos: el Evangelio y el Martín Fierro deberían convertirse en los dos libros de cabecera de todo aquel que alguna vez estuvo en un penal. Así el día de mañana los empleadores andarán desesperados por contratar a un ex-presidiario, ya que éste, convertido en una persona con valores, será ejemplo de sacrificio, esfuerzo y entrega.