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miércoles, 25 de junio de 2014

Giacosa por la boca muere

Cuando Martín Grande fue candidato a Intendente de Salta en el 2011 propuso que las cooperadoras asistenciales –organismos estatales que padecen de una gran propensión a convertirse en agujeros negros de corrupción– fuesen administradas o, al menos, co-administradas por gente sugerida por la Iglesia Católica, para que de esa manera la transparencia de la gestión quedase garantizada y el clientelismo político se viese erradicado. Miguel Isa, en aquel momento, rechazó la idea, sosteniendo que para volverse operativa sería necesario una reelaboración de la ley provincial que regula el asunto.

Pues bien, transcurridos tres años de aquella ocasión, la propuesta de Grande fue reflotada como una iniciativa parlamentaria por Lucas Godoy. Resulta raro que Godoy, que es un militante de las peores causas morales, busque que la Iglesia Católica y otros cultos religiosos se involucren activamente en asuntos estatales, pero aún así esto ha sucedido.

De todos modos, como era de esperarse, alguien se opuso a la idea; lo curioso es que dicha oposición no tuvo de estandarte a los hombres del PO, sino a alguien proveniente del riñón mismo del isismo: el Diputado Provincial Guido Giacosa. Isa, quien ya está en campaña para el 2015 y por ello anda buscando aliados por todas partes, invitó cordialmente a Monseñor Cargnello a sumarse al manejo de las cooperadoras asistenciales, pero sin involucrarse en aquello que hace al control de la gestión (el cual, según Isa, es un mero trámite, ya que esa repartición se encuentra estructurada por estrictas normas ISO que no dejan lugar a las irregularidades).

La posición de Giacosa es similar a la de su jefe, pues él sostiene que en las cooperadoras asistenciales no existe la corrupción, por lo que pedirles transparencia es un despropósito (y, en todo caso, quien debe auditar a ese organismo es el Tribunal de Cuentas municipal, o sea que, según Giacosa, el ladrón debe actuar también de policía).

Sin embargo lo destacable aquí es que antes de fijar esa posición, Giacosa había hecho otras declaraciones a la prensa en donde quedó en evidencia que clase de sujeto es realmente. Textualmente el parlamentario dijo:
El Estado es laico y hay que mirar adelante, volver a darle el poder a las iglesias es retrasarnos un par de siglos. Mi visión general es de preocupación política respecto a esto. Políticamente a este arranque puritano le falta un poco de conversación.
Con esto Giacosa dejó en claro que es laicista y progresista, pero en un sentido anticristiano. Es decir, se puede defender la laicidad y el progreso y aún así conservar una visión cristiana del mundo mediante la cual aquel insensato que no cree puede vivir su vida intrascendente sin ser cuestionado por ello. Pero la versión de Giacosa del laicismo y del progresismo es contraria a la religión, por ello se alarmó hasta el punto de tildar de “puritana” a una iniciativa que no “retrasa un par de siglos” sino que nos lleva por fin al siglo XXI, época en la cual todos los actores de la sociedad se involucran en la toma de decisiones sobre aquello en lo que tienen competencia. La Iglesia Católica y los demás cultos religiosos reconocidos en Salta tienen una gran conciencia social y pueden aportar mucho al desarrollo humano, por ello deben colaborar estrechamente con las cooperadoras asistenciales.

Y así como resulta positivo que el Estado dialogue con los cultos religiosos para atender cuestiones sociales, debería prestarles un mayor oído para las cuestiones espirituales, las cuales son tan fundamentales para la vida cotidiana como el tener un techo bajo el cual dormir o un plato de comida del cual comer todos los días.  

sábado, 10 de mayo de 2014

Militares y militantes

Los oficialistas Mario Ishii y Alejandro Granados se mostraron a favor de la idea de que el Servicio Militar Obligatorio sea reinstaurado en la República Argentina. Los también oficialistas Oscar Parrilli y Agustín Rossi rechazaron enfáticamente esa idea. ¿A qué se debe esta oposición? 

Creo que la respuesta es obvia: Ishii y Granados son más argentinos que oficialistas, contrariamente a lo que sucede con Parrilli y Rossi. Que no se me malinterprete: no estoy diciendo que no se pueda ser argentino “y” oficialista, lo que estoy diciendo es que se puede querer el bien común más que el bien propio y viceversa.

Un motivo inconfesado por los kirchneristas para oponerse con tanta vehemencia al ingreso de los jóvenes “ni-ni” a la institución que hoy en día comanda el fiel oficialista César Milani es porque no quieren competencia. Es decir hay tanto temor de que retorne la colimba porque ello significaría que la política se quedaría sin sus clientes: con militares no habría militantes. 

Si uno observa de cerca la organización de agrupaciones políticas como el Movimiento Evita, La Cámpora, etc. notará que están llenas de colimbas, colimbas que cumplen órdenes sin cuestionarlas, que juran defender con la vida un ideal y que están predispuestos a ejecutar las tareas más indignas e indignantes con total orgullo (tareas como, por ejemplo, asistir a un acto oficial o fraguar una urna el día de la votación). 

La primera gran diferencia entre estos “militantes” y los conscriptos es que su colimba no dura uno o dos años, sino que se dilata en el tiempo y termina por taponearle el acceso a puestos públicos (permanentes, temporales o incluso en forma de pasantías) a un montón de jóvenes que, por capacidad y esfuerzo real, merecen estar allí donde ya está otro.   

La otra gran diferencia es que mientras los conscriptos no mandan sobre nadie, los colimbas políticos, en cambio, mandan sobre los “ni-ni”. El militante, con unos cuantos porros de marihuana en el bolsillo, puede conseguir apoyo “para el Modelo”. Pero para que ello suceda es preciso, antes, que exista alguien a quien modelar y no alguien ya modelado según el espíritu de grandeza en que se formaron los nobles militares de nuestro país.